En la educación de nuestros hijos, ni todo debe ser cal ni todo arena. Para conseguir una pasta homogénea y adecuada para la construcción de sus conductas tenemos que saber echar una de cal y otra de arena. Buscar el equilibrio entre reñir y felicitar a los niños es la forma más indicada de conseguir moldear a nuestros hijos y de estimularles para seguir mejorando.
Tanto corregir como felicitar a los hijos requieren de cierta habilidad por nuestra parte. Llevados por nuestro cansancio, nuestro mal humor, o nuestras constantes batallas, lo más fácil y automático es que en la corrección, descalifiquemos a nuestro hijo, le pongamos etiquetas o le digamos verdaderos disparates… Siempre deberíamos intentar corregir con calma y sin iras, aunque sé por experiencia que aunque la teoría suena bien, la práctica es algo más difícil. Pensar en lo que diremos, mordernos la lengua antes de decir cualquier barbaridad puede ser muy difícil para nosotros los papás, pero si lo logramos, nuestros hijos podrán beneficiarse de aprender, al igual que nosotros, a refrenar sus impulsos y a controlar su mal genio.
La corrección de nuestros hijos es necesaria, no debemos ser condescendientes con un mal comportamiento y, asimismo, tampoco debemos adularles exageradamente o ser excesivamente permisivos. Debemos felicitarles objetivamente, haciéndoles sentir la alegría que nos proporcionan sus buenos actos y esfuerzos. No debemos felicitar a la ligera, sin dar la oportunidad de que el niño medite sobre aquello que ha hecho bien para que forme parte del repertorio habitual de su comportamiento.
Tampoco deberíamos dejarnos cegar por la pasión que nos despiertan nuestros pequeños a la hora educarles. Este privilegio parece estar reservado para las abuelas, que tienden a disculpar absolutamente todos los errores de sus nietos, sin objetividad y sin necesidad de atender a aspectos educativos (para eso están sus padres). Seguramente habéis escuchado el dicho de: “Es que Fulanito no tiene abuela” que se dice de alguien que se enaltece y se elogia a sí mismo, porque este es un papel que parece reservado exclusivamente para las abuelas, a las cuales se les cae la baba con sus pequeños nietos.
Pero con todo, si pusiéramos en una balanza las riñas y en otra las felicitaciones y reconocimientos, siempre el platillo debería ceder a favor de estos últimos, ya que con el reconocimiento de sus esfuerzos y actos, podemos conseguir muchas más cosas que con repetidas, hartantes y exasperantes reprimendas. Estimular las buenas actuaciones de nuestro hijo a través de palabras amables, elogios, agradecimientos, felicitaciones y caras alegres, aumentan en casi todo los niños la motivación, la autoestima y las ganas de volver a conseguir la alegría de ver a sus padres orgullosos de él y de disfrutar del éxito conseguido con su esfuerzo.
Patro Gabaldón
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viernes, 4 de mayo de 2012
lunes, 5 de marzo de 2012
¿Qué hacer cuando nuestro hijo dice palabrotas?
El lenguaje tiene un gran poder expresivo y, sin duda, el niño a través de las palabras expresará sus conductas desafiantes o provocadoras. Al comienzo de la edad escolar es cuando nuestros pequeños empiezan a pronunciar sus primeras increpaciones, descalificaciones o palabrotas. Muchos de ellos ni siquiera conocen el significado de estas palabrotas, pero saben que su empleo llama la atención de los oyentes, provocándole diferentes reacciones.
Las respuestas que provocan en el oyente: enfado, risas, temor, vergüenza, etc. es parte del atractivo para que el niño comience a hacer sus pinitos en este campo. Estas nuevas palabras les pueden hacer sentir superior y mayor, ya que casi nunca pasan inadvertidas para nadie.
El que los niños hablen de la caca, los pedos, los mocos verdes y cosas por el estilo ofrecen al niño una vía de escape a las risas, una trasgresión a las normas sumamente divertida y, por ello, son muy habituales. De la misma manera, aunque mucho más perseguidas por los padres y educadores, los niños comienzan a emplear tacos para conseguir reacciones en los demás.
¿Cómo debemos reaccionar nosotros para que el taco no se afiance en el lenguaje habitual de nuestro hijo? Hay algunas palabras que podemos ignorar, no darles importancia, pero si se trata de palabras demasiado agresivas o que puedan impedir una relación social normal con otros niños, hay que poner límites firmes, ya que suelen ir acompañadas de conductas agresivas, de mal humor y otros problemas de conducta.
- Lo primero sería conocer los motivos y los fines que mueven a nuestro hijo a decir palabrotas: por imitación de niños más mayores o adultos, por manifestar su impotencia o enfado, por tantear el terreno o por llamar la atención.
- Ofrecer un buen modelo de lenguaje, evitar palabrotas, descalificativos y enfrentamientos verbales delante de los niños.
- Explicarles con naturalidad por qué no han de usar esas palabras, sin escandalizarnos, enfadarnos o reírnos.
- En ningún caso debemos permitir insultos fuertes a nadie, ya que supone una falta de respeto y más que arreglar las diferencias, las agrava y acarrean problemas sociales.
- Corregirles ofreciéndoles alternativas: frases como “estoy enfadado” o “esto es una birria”… es una mejor que otras alternativas peor sonantes o vulgares. Sustituir otras palabras también expresivas para sustituir el impulso de decir una: ¡vaya! ¡jope! O jugar a “el mundo al revés”: expresar todo lo contrario de lo que expresan con los tacos.
- Si son algo más mayores, podemos invitarles a buscar en el diccionario la expresión que utilizan para que puedan entender su significado. Todavía recuerdo que cuando era pequeña me dio por decir una rima que me parecía divertida: “vieja pelleja”, sin saber lo que significaba. Cuando mi madre me invitó a buscar la palabra en el diccionario me di cuenta de lo inapropiada que era mi expresión. Yo misma procuré evitarla en adelante.
Patro Gabaldón
Las respuestas que provocan en el oyente: enfado, risas, temor, vergüenza, etc. es parte del atractivo para que el niño comience a hacer sus pinitos en este campo. Estas nuevas palabras les pueden hacer sentir superior y mayor, ya que casi nunca pasan inadvertidas para nadie.
El que los niños hablen de la caca, los pedos, los mocos verdes y cosas por el estilo ofrecen al niño una vía de escape a las risas, una trasgresión a las normas sumamente divertida y, por ello, son muy habituales. De la misma manera, aunque mucho más perseguidas por los padres y educadores, los niños comienzan a emplear tacos para conseguir reacciones en los demás.
¿Cómo debemos reaccionar nosotros para que el taco no se afiance en el lenguaje habitual de nuestro hijo? Hay algunas palabras que podemos ignorar, no darles importancia, pero si se trata de palabras demasiado agresivas o que puedan impedir una relación social normal con otros niños, hay que poner límites firmes, ya que suelen ir acompañadas de conductas agresivas, de mal humor y otros problemas de conducta.
- Lo primero sería conocer los motivos y los fines que mueven a nuestro hijo a decir palabrotas: por imitación de niños más mayores o adultos, por manifestar su impotencia o enfado, por tantear el terreno o por llamar la atención.
- Ofrecer un buen modelo de lenguaje, evitar palabrotas, descalificativos y enfrentamientos verbales delante de los niños.
- Explicarles con naturalidad por qué no han de usar esas palabras, sin escandalizarnos, enfadarnos o reírnos.
- En ningún caso debemos permitir insultos fuertes a nadie, ya que supone una falta de respeto y más que arreglar las diferencias, las agrava y acarrean problemas sociales.
- Corregirles ofreciéndoles alternativas: frases como “estoy enfadado” o “esto es una birria”… es una mejor que otras alternativas peor sonantes o vulgares. Sustituir otras palabras también expresivas para sustituir el impulso de decir una: ¡vaya! ¡jope! O jugar a “el mundo al revés”: expresar todo lo contrario de lo que expresan con los tacos.
- Si son algo más mayores, podemos invitarles a buscar en el diccionario la expresión que utilizan para que puedan entender su significado. Todavía recuerdo que cuando era pequeña me dio por decir una rima que me parecía divertida: “vieja pelleja”, sin saber lo que significaba. Cuando mi madre me invitó a buscar la palabra en el diccionario me di cuenta de lo inapropiada que era mi expresión. Yo misma procuré evitarla en adelante.
Patro Gabaldón
jueves, 2 de febrero de 2012
Buenas noches y felices sueños para los niños
Para que nuestros niños se despierten despejados, con ganas de hacer cosas, de aprender, de jugar y de “desayunarse” el día… necesitan dormir las suficientes horas durante la noche y hacerlo de manera continuada. Ese despertar alegre, lleno de saltos y rebosante de energía es muy definitorio de los niños pequeños.
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Escrito por Patro Gabaldón para Guiainfantil.com
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lunes, 16 de enero de 2012
Las rabietas en público de tu hijo: una receta para soportarla
Una de las carencias de nuestros pequeños es la del sentido del ridículo. Ello hace que sean capaces de ponernos como centro de las miradas de cuantos puedan contemplar el cuadro de nuestra impotencia ante el pataleo, griterío o llanto rabioso de nuestro niño en sitios como el centro comercial, la consulta del médico o la iglesia.
En estas situaciones, creo que a todos nos encantaría tener un mando a distancia para “apagar” a nuestro hijo, o una voz hipnótica que actuara como calmante irresistible, o simplemente la posibilidad de darle un azote sin sentirnos ante el tribunal de la opinión pública al completo.
Las rabietas en público no son ni la primera ni la última cruz que tiene un padre con sus hijos, aunque sí pueden ser habituales hasta los 3-4 años. No me refiero a casos en los que el mal humor de los niños sea constante, lo cual puede deberse a causas que requieran la intervención de especialistas médicos, como problemas alimenticios o de adaptación social.
Centrándonos en la “rabieta vulgaris”, voy a dar los posibles ingredientes de una tisana que nos permita afrontarla con cierta “dignidad”, de forma que no nos sintamos en el banquillo de los pésimos padres ante el jurado de los que tienen la oportunidad de disfrutar con el espectáculo de nuestro hijo:
- Un buen cazo de paciencia. Enfadarnos convierte la rabieta en una batalla, y hace del monólogo del bebé enojado una bronca desigual a dos bandas.
- Una pizca de buen humor. La situación que provocan los pequeños puede llegar a ser cómica, y verla como tal nos ayudará a quitar hierro al momento.
- Un poco de instinto maternal, para medir las causas. A veces la rabieta es la manera que nuestros hijos tienen de decirnos que sienten hambre o sueño, o que están incubando una enfermedad.
- Una buena dosis de mansedumbre; queramos o no, al niño habrá que levantarlo del suelo, cogerlo en brazos, ordenar los juguetes o latas que haya tirado, colocarlo con cariño en el carro, pedir disculpas con una sonrisa en la cara, etc.
- El toque invisible: fuerza controlada para demostrarle que nos tiene que ayudar y obedecer, si y solo si es necesario. Un apretón en el brazo, o cogerle firmamente de la mano, o mirarle con severidad, le ayudarán a tomar las riendas de su descontrolada mente.
- Calentarlo todo al fuego del amor. En estas dificultades se nos presenta una oportunidad para el ejercicio de nuestro autocontrol y seremos modelo a seguir para nuestros pequeños.
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