Hace unos días mis hijos se lo pasaron en grande saltando en las camas, sacando juguetes y abriendo cajones a su antojo… Casi me da algo cuando entré en sus habitaciones ( ni siquiera la mía queda libre de sus zarpas destructivas) y vi tiradas las colchas de las camas recién hechas por el suelo, pinturas, juguetes, zapatos desperdigados y ropas arrebujadas en las esquinas. ¡la sonrisa de la cara más sonriente, se borra ante tal espectáculo!
Os podéis imaginar mi enfado tras su tropelía, así que les obligué, dando la batuta y responsabilidad del resultado final a mi hijo mayor, a que dejaran todo tal y como se lo habían encontrado, es decir, en orden. Al cabo de media hora me dijeron orgullosos que ya habían acabado y realmente me sorprendieron gratamente por lo bien que lo hicieron. Mi sonrisa volvió a aparecer y mi hijo me dijo que se lo había pasado muy bien organizando y colaborando con la brigada de limpieza.
A veces, con el ejemplo que le damos a nuestros hijos no basta, ya podemos partirnos los lomos haciendo las tareas de casa que nuestros hijos no se animarán a realizar labores domésticas a no ser que nosotros le estimulemos y acabemos logrando que sea un hábito más para ellos.
Los hábitos se crean a partir de la repetición y el estímulo, así que en un principio debemos armarnos de paciencia y repetir una y otra vez a nuestro hijo los nuevos encargos acordes a su edad y responsabilidad. Nuestro hijo debe entender que esta obligación pertenece al global de los integrantes de la familia, nadie debería escurrir el bulto o evadirse porque todavía es pequeño o porque no tiene tiempo. Para asignar las tareas pensemos en cuál puede ser la más adecuada y educativa para cada hijo atendiendo a sus gustos, carácter o capacidades personales.
Conseguir que sean colaboradores en casa de manera constante, les educa para una buena convivencia y favorece la creación de un auténtico hogar para todos. Para conseguir que compartan con nosotros el trabajo de llevar un hogar, debemos hacerles sentir lo agradable de sentirse en una casa recogida, limpia y ordenada, que entiendan que mamá o papá no puede ir tras ellos, recogiendo lo que destruyen o manchan, que entiendan que todos los integrantes de la familia, desde el más mayor al más pequeño, forman un equipo a la hora de enfrentarse a las responsabilidades de la casa.
Todos, en mayor o menor medida, deben tener alguna responsabilidad para gozar del derecho de una casa en condiciones y una buena convivencia. A los más pequeños les bastará con mostrar independencia en su propio cuidado, recoger juguetes con los que ha jugado o mostrar respecto por el trabajo ajeno. Una vez, que vayan desarrollándose en ellos ciertas habilidades, debemos de ir inculcándoles la necesidad de que cuiden del orden establecido en casa y que colaboren con papá y mamá en el cuidado de la casa, especialmente de su habitación y sus cosas.
Deberíamos ofrecer progresivamente pequeños encargos domésticos y asignar tareas según las posibilidades y la madurez del niño. Tienen que entender que si ellos no cumplen con la tarea que se les ha asignado afectará al resto y que la costumbre hará afianzando el hábito. Hacer la cama, ordenar la habitación o el baño, echar ropa a lavar, guardar la ropa planchada en el cajón, organizar zapatos y juguetes, poner y quitar la mesa, reponer la bolsa en el cubo de basura o el papel higiénico, regar las plantas, apagar luces, hacer recados como la compra del pan o tirar la basura al contenedor, etc… deberían formar parte de su rutina diaria o semanal, sin necesidad de sobornos o remuneraciones.
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martes, 19 de junio de 2012
martes, 12 de junio de 2012
Mi hijo no quiere lavarse
La adquisición de hábitos de higiene en los niños no sólo tiene importancia en el ámbito de su salud, también tienen una gran repercusión social, ya que la falta de higiene puede repercutir en otras personas de su entorno y en la propia imagen.
Que el niño vaya con la ropa manchada o con las rodillas negras es esperable, después de una jornada en el cole, en el parque o en la calle; es indicativo de que el niño juega, disfruta y se relaciona. Pero desde pequeños debemos fomentar e incluso recompensar con el mimo y cuidado de su cuerpo a nuestros hijos. Un niño limpio, bañado y bien oloroso, se sentirá reconfortado e incorporará estos hábitos en su rutina diaria sin problemas.
Los más pequeños estarán encantados de experimentar por sí mismos el lavado de sus manitas o el lavado diario de dientes con un gran despliegue de jabón y pasta dental… Pero no es raro que cuando las rutinas ya se han afianzado y son totalmente autónomos, nuestros hijos experimenten algún episodio de pereza e intenten escaquearse de lavarse los dientes, de peinarse, lavarse el pelo o ducharse. Sus habitaciones quedarán impregnadas de un olor a pies insoportable o los nudos del cabellos serán “misión imposible” para nosotros. Puede ocurrir que el niño que antes se perfumaba y se peinaba con gusto, pase a ser un descuidado con su higiene.
La higiene de una persona es algo que acabará perteneciendo a su intimidad, pero que sigue siendo una de las principales lecciones de urbanidad que debemos enseñarles. Los demás niños, pueden apartarse de los que presentan un aspecto desaliñado o sucio. Aunque la ducha, el lavado del cabello, la limpieza de orejas o el corte de uñas no sea a diario, es recomendable, eso sí, que todos los días se laven la cara, manos, pies, genitales y dientes. Asimismo debemos enseñarles a que todos los días deben echar a lavar la ropa interior como braguitas, calzoncillos y calcetines y debemos supervisar la posible aparición de piojos por contagio, tan frecuentes en edad escolar, para atajar cuanto antes el problema.
El desorden, la pereza y la falta de nuestra supervisión pueden desencadenar que nuestro hijo abandone los correctos hábitos de higiene que antes le suponían un aliciente. La única manera de evitarlo será seguir observando su disposición, ayudarles puntualmente en algún baño más en profundidad y evitar excusas del tipo “no me da tiempo” o “tengo mucho sueño”.
Patro Gabaldón
Que el niño vaya con la ropa manchada o con las rodillas negras es esperable, después de una jornada en el cole, en el parque o en la calle; es indicativo de que el niño juega, disfruta y se relaciona. Pero desde pequeños debemos fomentar e incluso recompensar con el mimo y cuidado de su cuerpo a nuestros hijos. Un niño limpio, bañado y bien oloroso, se sentirá reconfortado e incorporará estos hábitos en su rutina diaria sin problemas.
Los más pequeños estarán encantados de experimentar por sí mismos el lavado de sus manitas o el lavado diario de dientes con un gran despliegue de jabón y pasta dental… Pero no es raro que cuando las rutinas ya se han afianzado y son totalmente autónomos, nuestros hijos experimenten algún episodio de pereza e intenten escaquearse de lavarse los dientes, de peinarse, lavarse el pelo o ducharse. Sus habitaciones quedarán impregnadas de un olor a pies insoportable o los nudos del cabellos serán “misión imposible” para nosotros. Puede ocurrir que el niño que antes se perfumaba y se peinaba con gusto, pase a ser un descuidado con su higiene.
La higiene de una persona es algo que acabará perteneciendo a su intimidad, pero que sigue siendo una de las principales lecciones de urbanidad que debemos enseñarles. Los demás niños, pueden apartarse de los que presentan un aspecto desaliñado o sucio. Aunque la ducha, el lavado del cabello, la limpieza de orejas o el corte de uñas no sea a diario, es recomendable, eso sí, que todos los días se laven la cara, manos, pies, genitales y dientes. Asimismo debemos enseñarles a que todos los días deben echar a lavar la ropa interior como braguitas, calzoncillos y calcetines y debemos supervisar la posible aparición de piojos por contagio, tan frecuentes en edad escolar, para atajar cuanto antes el problema.
El desorden, la pereza y la falta de nuestra supervisión pueden desencadenar que nuestro hijo abandone los correctos hábitos de higiene que antes le suponían un aliciente. La única manera de evitarlo será seguir observando su disposición, ayudarles puntualmente en algún baño más en profundidad y evitar excusas del tipo “no me da tiempo” o “tengo mucho sueño”.
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viernes, 4 de mayo de 2012
Equilibrio entre reñir y felicitar a los niños
En la educación de nuestros hijos, ni todo debe ser cal ni todo arena. Para conseguir una pasta homogénea y adecuada para la construcción de sus conductas tenemos que saber echar una de cal y otra de arena. Buscar el equilibrio entre reñir y felicitar a los niños es la forma más indicada de conseguir moldear a nuestros hijos y de estimularles para seguir mejorando.
Tanto corregir como felicitar a los hijos requieren de cierta habilidad por nuestra parte. Llevados por nuestro cansancio, nuestro mal humor, o nuestras constantes batallas, lo más fácil y automático es que en la corrección, descalifiquemos a nuestro hijo, le pongamos etiquetas o le digamos verdaderos disparates… Siempre deberíamos intentar corregir con calma y sin iras, aunque sé por experiencia que aunque la teoría suena bien, la práctica es algo más difícil. Pensar en lo que diremos, mordernos la lengua antes de decir cualquier barbaridad puede ser muy difícil para nosotros los papás, pero si lo logramos, nuestros hijos podrán beneficiarse de aprender, al igual que nosotros, a refrenar sus impulsos y a controlar su mal genio.
La corrección de nuestros hijos es necesaria, no debemos ser condescendientes con un mal comportamiento y, asimismo, tampoco debemos adularles exageradamente o ser excesivamente permisivos. Debemos felicitarles objetivamente, haciéndoles sentir la alegría que nos proporcionan sus buenos actos y esfuerzos. No debemos felicitar a la ligera, sin dar la oportunidad de que el niño medite sobre aquello que ha hecho bien para que forme parte del repertorio habitual de su comportamiento.
Tampoco deberíamos dejarnos cegar por la pasión que nos despiertan nuestros pequeños a la hora educarles. Este privilegio parece estar reservado para las abuelas, que tienden a disculpar absolutamente todos los errores de sus nietos, sin objetividad y sin necesidad de atender a aspectos educativos (para eso están sus padres). Seguramente habéis escuchado el dicho de: “Es que Fulanito no tiene abuela” que se dice de alguien que se enaltece y se elogia a sí mismo, porque este es un papel que parece reservado exclusivamente para las abuelas, a las cuales se les cae la baba con sus pequeños nietos.
Pero con todo, si pusiéramos en una balanza las riñas y en otra las felicitaciones y reconocimientos, siempre el platillo debería ceder a favor de estos últimos, ya que con el reconocimiento de sus esfuerzos y actos, podemos conseguir muchas más cosas que con repetidas, hartantes y exasperantes reprimendas. Estimular las buenas actuaciones de nuestro hijo a través de palabras amables, elogios, agradecimientos, felicitaciones y caras alegres, aumentan en casi todo los niños la motivación, la autoestima y las ganas de volver a conseguir la alegría de ver a sus padres orgullosos de él y de disfrutar del éxito conseguido con su esfuerzo.
Patro Gabaldón
Tanto corregir como felicitar a los hijos requieren de cierta habilidad por nuestra parte. Llevados por nuestro cansancio, nuestro mal humor, o nuestras constantes batallas, lo más fácil y automático es que en la corrección, descalifiquemos a nuestro hijo, le pongamos etiquetas o le digamos verdaderos disparates… Siempre deberíamos intentar corregir con calma y sin iras, aunque sé por experiencia que aunque la teoría suena bien, la práctica es algo más difícil. Pensar en lo que diremos, mordernos la lengua antes de decir cualquier barbaridad puede ser muy difícil para nosotros los papás, pero si lo logramos, nuestros hijos podrán beneficiarse de aprender, al igual que nosotros, a refrenar sus impulsos y a controlar su mal genio.
La corrección de nuestros hijos es necesaria, no debemos ser condescendientes con un mal comportamiento y, asimismo, tampoco debemos adularles exageradamente o ser excesivamente permisivos. Debemos felicitarles objetivamente, haciéndoles sentir la alegría que nos proporcionan sus buenos actos y esfuerzos. No debemos felicitar a la ligera, sin dar la oportunidad de que el niño medite sobre aquello que ha hecho bien para que forme parte del repertorio habitual de su comportamiento.
Tampoco deberíamos dejarnos cegar por la pasión que nos despiertan nuestros pequeños a la hora educarles. Este privilegio parece estar reservado para las abuelas, que tienden a disculpar absolutamente todos los errores de sus nietos, sin objetividad y sin necesidad de atender a aspectos educativos (para eso están sus padres). Seguramente habéis escuchado el dicho de: “Es que Fulanito no tiene abuela” que se dice de alguien que se enaltece y se elogia a sí mismo, porque este es un papel que parece reservado exclusivamente para las abuelas, a las cuales se les cae la baba con sus pequeños nietos.
Pero con todo, si pusiéramos en una balanza las riñas y en otra las felicitaciones y reconocimientos, siempre el platillo debería ceder a favor de estos últimos, ya que con el reconocimiento de sus esfuerzos y actos, podemos conseguir muchas más cosas que con repetidas, hartantes y exasperantes reprimendas. Estimular las buenas actuaciones de nuestro hijo a través de palabras amables, elogios, agradecimientos, felicitaciones y caras alegres, aumentan en casi todo los niños la motivación, la autoestima y las ganas de volver a conseguir la alegría de ver a sus padres orgullosos de él y de disfrutar del éxito conseguido con su esfuerzo.
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jueves, 19 de abril de 2012
¿Dónde juegan nuestros hijos?
Recuerdo que cuando era pequeña, la única preocupación que podíamos tener mis hermanos y yo cuando jugábamos en la calle era la de cruzarla sin mirar previamente o la de que no te quitaran el balón mientras íbamos al kiosco de las golosinas. Por entonces, la mayoría de los niños jugábamos en la calle sin problemas, de hecho conocíamos a la totalidad de la población infantil de barrio cuando acudíamos en masa a un pequeño parterre de no más de 40 metros cuadrados, con dos bancos y una fuente, eso sí.
Los juegos eran innumerables, aunque curiosamente muy pocos eran los que se atrevían a poner a la disposición del resto del chiquillerío sus preciados juguetes. Jugábamos a las canicas, a las chapas, al escondite inglés, a la rayuela, a la goma elástica, a la comba, a la pelota…Y si teníamos la posibilidad de disponer de un sitio más amplio nos organizábamos para jugar al rescate, a polis y ladrones o al balón prisionero. Algún balonazo en la cabeza o empujón teníamos asegurado, pero fuera de este riesgo, no parecía existir ningún otro.
Jugar en la calle actualmente parece un lujo en vías de extinción y digo un lujo porque yo recuerdo lo maravilloso que era hacer amigos y tener la posibilidad de jugar con muchos niños a la vez. Aunque, a veces, no peleábamos, nos protegíamos unos a otros, y si uno acaba herido, el más cercano no dudaba en avisar a su madre, mientras otros les asistían.
La calle ahora parece haberse convertido en un sitio indeseable e inseguro, ya no hay niños que se bajen con el bocadillo a merendar a la espera de encontrarse con algún compañero de juegos improvisado. Si acaso, permitimos ir a nuestro hijo al parque más cercano y bajo nuestra constante supervisión. La calle ahora parece que se ha convertido en un espacio extremadamente peligroso y conflictivo para nuestros hijos y desierto de niños, por lo que los padres actuales, recluimos a nuestros hijos en casa, cuando no disponemos de tiempo para acompañarles.
La profesora de la guardería de mi pequeño, me dijo que en durante el recreo al aire libre, se había dado cuenta de que algunos niños no sabían jugar con el cubo y la pala. No puedo evitar tristeza en pensar lo que nuestros hijos se están perdiendo y el perjuicio que la vida más sedentaria tiene en sus organismos y el individualismo de muchos de sus juegos.
Patro Gabaldón
Los juegos eran innumerables, aunque curiosamente muy pocos eran los que se atrevían a poner a la disposición del resto del chiquillerío sus preciados juguetes. Jugábamos a las canicas, a las chapas, al escondite inglés, a la rayuela, a la goma elástica, a la comba, a la pelota…Y si teníamos la posibilidad de disponer de un sitio más amplio nos organizábamos para jugar al rescate, a polis y ladrones o al balón prisionero. Algún balonazo en la cabeza o empujón teníamos asegurado, pero fuera de este riesgo, no parecía existir ningún otro.
Jugar en la calle actualmente parece un lujo en vías de extinción y digo un lujo porque yo recuerdo lo maravilloso que era hacer amigos y tener la posibilidad de jugar con muchos niños a la vez. Aunque, a veces, no peleábamos, nos protegíamos unos a otros, y si uno acaba herido, el más cercano no dudaba en avisar a su madre, mientras otros les asistían.
La calle ahora parece haberse convertido en un sitio indeseable e inseguro, ya no hay niños que se bajen con el bocadillo a merendar a la espera de encontrarse con algún compañero de juegos improvisado. Si acaso, permitimos ir a nuestro hijo al parque más cercano y bajo nuestra constante supervisión. La calle ahora parece que se ha convertido en un espacio extremadamente peligroso y conflictivo para nuestros hijos y desierto de niños, por lo que los padres actuales, recluimos a nuestros hijos en casa, cuando no disponemos de tiempo para acompañarles.
La profesora de la guardería de mi pequeño, me dijo que en durante el recreo al aire libre, se había dado cuenta de que algunos niños no sabían jugar con el cubo y la pala. No puedo evitar tristeza en pensar lo que nuestros hijos se están perdiendo y el perjuicio que la vida más sedentaria tiene en sus organismos y el individualismo de muchos de sus juegos.
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lunes, 16 de abril de 2012
Niño, hay que ser bueno
¿Cuántas veces hemos dicho esto a nuestro hijo? No hagas esto, no hagas lo otro, tienes que portarte bien y ser bueno. La bondad desde luego es una de las mejores cualidades que una persona puede tener, pero ¿qué significa para un niño ser bueno? La bondad es un concepto abstracto y, por tanto, difícil de definir y explicar a nuestros hijos; por eso debemos potenciar su bondad, concretando acciones o ejemplos que debe ejercitar para conseguir ser bondadoso.
A veces, los actos son buenos o malos dependiendo de las circunstancias. Ayer noche, mi hija estaba leyendo en su habitación muy afanada, la llamé unas tres veces a cenar, sin obtener respuesta de ella. Cuando, por fin, vino a cenar, la regañé por no venir y ella me respondió: “Mamá, no estaba haciendo nada malo, todo lo contrario estaba leyendo, que es muy bueno”. Desde luego que leer es bueno, pero a veces algo bueno se puede convertir en no tan bueno o malo cuando impide hacer lo que debes hacer, ya que si sólo leyeras y no comieras nunca, acabarías muriéndote o, como D. Quijote, perdiendo el juicio.
No debemos pedir a los niños la bondad en general: “niño, sé bueno”, sino los conductas y comportamientos bondadosos. Muchos valores, no sabríamos explicárselos a los hijos ni con mil palabras, por eso nuestro ejemplo les ayudará a aprender y hacer suyos los valores que les intentamos inculcar. A construir la paz, a perdonar, a comprender, a respetar, a querer, a consolar, a ser amables, se aprende fundamentalmente en casa, así lo aprenderán de una manera espontánea. Tras una “buena acción”, acciones tan sencillas como llevar a baño su hermano pequeño para que haga pis, a consolar al amigo que se ha hecho daño en una caída, siempre debe ir seguida de una felicitación o palabra amable.
¡Cuántas veces he pedido a mi pequeño de cuatro años que me alcanzara algún objeto y su respuesta ha sido: “es que ahora no puedo”! Todos tenemos ese pequeño ángel y ese pequeño demonio que nos dictan cómo actuar, por eso es importante felicitar a los niños cuando no siempre elijen el camino más cómodo mediante una negativa, y ayudan al prójimo. Hay que incitarles a hacer buenas acciones. Ponerse en el lugar del otro y poner en práctica la frase “no quieras para otro, lo que no quieras para ti “. Incitémosles a dar un beso al abuelito que está enfermo, a ayudarnos con algo, a cuidar y proteger a los hermanos, a regalar juguetes a niños pobres, a prestar pertenencias y ser generosos con los demás, a consolar al que llora, a acompañar al que está solo...
Patro Gabaldón
A veces, los actos son buenos o malos dependiendo de las circunstancias. Ayer noche, mi hija estaba leyendo en su habitación muy afanada, la llamé unas tres veces a cenar, sin obtener respuesta de ella. Cuando, por fin, vino a cenar, la regañé por no venir y ella me respondió: “Mamá, no estaba haciendo nada malo, todo lo contrario estaba leyendo, que es muy bueno”. Desde luego que leer es bueno, pero a veces algo bueno se puede convertir en no tan bueno o malo cuando impide hacer lo que debes hacer, ya que si sólo leyeras y no comieras nunca, acabarías muriéndote o, como D. Quijote, perdiendo el juicio.
No debemos pedir a los niños la bondad en general: “niño, sé bueno”, sino los conductas y comportamientos bondadosos. Muchos valores, no sabríamos explicárselos a los hijos ni con mil palabras, por eso nuestro ejemplo les ayudará a aprender y hacer suyos los valores que les intentamos inculcar. A construir la paz, a perdonar, a comprender, a respetar, a querer, a consolar, a ser amables, se aprende fundamentalmente en casa, así lo aprenderán de una manera espontánea. Tras una “buena acción”, acciones tan sencillas como llevar a baño su hermano pequeño para que haga pis, a consolar al amigo que se ha hecho daño en una caída, siempre debe ir seguida de una felicitación o palabra amable.
¡Cuántas veces he pedido a mi pequeño de cuatro años que me alcanzara algún objeto y su respuesta ha sido: “es que ahora no puedo”! Todos tenemos ese pequeño ángel y ese pequeño demonio que nos dictan cómo actuar, por eso es importante felicitar a los niños cuando no siempre elijen el camino más cómodo mediante una negativa, y ayudan al prójimo. Hay que incitarles a hacer buenas acciones. Ponerse en el lugar del otro y poner en práctica la frase “no quieras para otro, lo que no quieras para ti “. Incitémosles a dar un beso al abuelito que está enfermo, a ayudarnos con algo, a cuidar y proteger a los hermanos, a regalar juguetes a niños pobres, a prestar pertenencias y ser generosos con los demás, a consolar al que llora, a acompañar al que está solo...
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lunes, 9 de abril de 2012
Retroceso en el aprendizaje de los bebés
¡Dos pasitos adelante, un pasito para atrás…! No se trata de la letra o las instrucciones de un baile de moda, se trata de una reflexión sobre cómo aprenden los niños. Cuando parece que nuestro pequeño ha superado satisfactoriamente una fase, muchas veces, sufre retrocesos y vuelven por un tiempo a comportamientos de unas semanas o meses atrás. ¿Por qué ocurre esto?
Es muy frecuente que nuestro hijo después de un aprendizaje exitoso en el control de esfínteres, en la alimentación con cuchara o en el sueño continuado de la noche, etc. , comienzan de nuevo a hacerse pipí encima, o preferir el biberón o a despertarse por las noches. Esto ocurre cuando ya creíamos que era cosa hecha y superada.
En ocasiones, existe un claro desencadenante psicológico que lleva a la involución del niño, como el nacimiento de un nuevo hermanito, cambios circunstanciales en sus rutinas como cambio de casa, de colegio, de tensión por una separación de los padres o enfermedad o muerte de algún familiar; pero otras veces, no sabemos bien el porqué de estos pasos hacia atrás, ya que no tienen una explicación aparente.
Recuerdo cuando mi pequeño de dos años y medio empezó de nuevo a hacerse pipí (sólo durante dos días), pensé que quizás había cogido frío, pero la profe de la guardería me dijo que a veces los niños cuando han entrado en la rutina de lo aprendido y ya no se les felicita, ni se les da más importancia, se cansan y retroceden en sus logros; aunque suelen tardar poco en recuperar lo perdido.
Y pensando sobre esto, pensé que quizás nuestros niños sean como aquellos atletas de salto de altura o de longitud que necesitan retroceder unos pasos para coger carrerilla y saltar más alto y más lejos. Así, normalmente ocurre que los niños después de estas cortas etapas de retroceso, se afianzan más en su aprendizaje porque lo incorporan definitivamente a sus rutinas y comportamientos. Unos pasos atrás a veces son fundamentales para poder seguir adelante.
Patro Gabaldón.
Es muy frecuente que nuestro hijo después de un aprendizaje exitoso en el control de esfínteres, en la alimentación con cuchara o en el sueño continuado de la noche, etc. , comienzan de nuevo a hacerse pipí encima, o preferir el biberón o a despertarse por las noches. Esto ocurre cuando ya creíamos que era cosa hecha y superada.
En ocasiones, existe un claro desencadenante psicológico que lleva a la involución del niño, como el nacimiento de un nuevo hermanito, cambios circunstanciales en sus rutinas como cambio de casa, de colegio, de tensión por una separación de los padres o enfermedad o muerte de algún familiar; pero otras veces, no sabemos bien el porqué de estos pasos hacia atrás, ya que no tienen una explicación aparente.
Recuerdo cuando mi pequeño de dos años y medio empezó de nuevo a hacerse pipí (sólo durante dos días), pensé que quizás había cogido frío, pero la profe de la guardería me dijo que a veces los niños cuando han entrado en la rutina de lo aprendido y ya no se les felicita, ni se les da más importancia, se cansan y retroceden en sus logros; aunque suelen tardar poco en recuperar lo perdido.
Y pensando sobre esto, pensé que quizás nuestros niños sean como aquellos atletas de salto de altura o de longitud que necesitan retroceder unos pasos para coger carrerilla y saltar más alto y más lejos. Así, normalmente ocurre que los niños después de estas cortas etapas de retroceso, se afianzan más en su aprendizaje porque lo incorporan definitivamente a sus rutinas y comportamientos. Unos pasos atrás a veces son fundamentales para poder seguir adelante.
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jueves, 22 de marzo de 2012
Siete consejos para que los niños estudien
Durante el curso escolar, retomamos nuestros desvelos para conseguir que nuestros hijos vayan contentos al colegio y aprendan lo más posible. Ya está avanzado el curso y ahora podemos valorar más claramente cómo van nuestros hijos y cómo podemos ayudarles en sus quehaceres colegiales. Podemos tener en cuenta algunos consejos para poner en práctica en casa.
-Nadie se estimula solo. Si queremos que nuestros hijos tengan interés por aprender y dedicar tiempo al estudio, debemos dedicarles algo de tiempo; hacer de los ratos de tarea en casa momentos de disfrute conjunto y, por supuesto, complementar las explicaciones del profesor (que tiene muchos más alumnos que nosotros en casa) serán una ayuda estupenda para que no se sientan superados por la exigencia del aprendizaje. Nuestras palabras siempre serán más cercanas que las del profesor; también sabremos interpretar mejor sus gestos o movimientos para detectar su frustración si no entienden algo, y poder incidir con paciencia en aquello que “no les entra”.
-Crear un hábito es indispensable. Los momentos de estudio deben ser compartidos entre los miembros de la casa en la medida de lo posible y, en cualquier caso, debe hacer momentos de silencio y tranquilidad, en los que ellos puedan centrarse en sus cosas del cole (da igual si es realizar problemas de matemáticas o colorear dibujos de plástica). Repetir estos momentos a las mismas horas les ayudará a coger un ritmo de trabajo necesario para aprender.
-Escucharles. Nada de lo que dicen nuestros hijos son tonterías; incluso lo que no entendemos tiene sentido para ellos y está basado en cosas reales. Preguntarles por la clase, por la profesora, por sus amigos, por su tarea, les ayuda a exteriorizar sus pensamientos y sentimientos, incluso a materializarlos si no los han madurado.
-Ser un ejemplo para ellos. Tener nuestros ratos de lectura o estudio, nuestros momentos de tranquilidad es bueno para ellos, ya que no podemos exigirles lo que nosotros mismos no estamos dispuestos a hacer.
-Sorprenderles de vez en cuando: llevarles a un museo, ponerles un documental interesante en la tele, enseñarles algo que nunca hayan visto en clase. Hacerles ver que hay más cosas que las que estudian con sus profesores, estimular su atención con momentos divertidos y formativos a la vez, es uno de los mejores legados para su vida de alumnos. Se puede aprender en cualquier sitio, en cualquier momento, de cualquier persona; pero hay que tener la mente dispuesta, la curiosidad “desenvainada”, el corazón abierto.
-También hay que escuchar a los profesores. Nuestros hijos pasan una buena parte del día con ellos, y su comportamiento en clase podría llegar a sorprendernos; allí viven situaciones distintas que en casa, con personas distintas; pueden ser más tranquilos o más revoltosos que en casa, más sumisos o más desobedientes. La visión del profesor es importante, y el estímulo conjunto en clase y en casa será la mejor estrategia para que nuestros pequeños aprendan mucho y bien, y lo hagan con alegría.
-Felicitar a nuestros hijos por sus buenas notas es algo importante; pero no sobornarles con regalos, también. Debemos guardar un equilibrio entre nuestra demostración de alegría y hacerles ver que esperamos de ellos que aprendan y aprovechen su tiempo. Y, ante alguna mala nota, nada de broncas agrias; animarles con paciencia, consultar con los profesores, buscar estímulos, y no hacerles sentirse fracasados jamás.
Patro Gabaldón
-Nadie se estimula solo. Si queremos que nuestros hijos tengan interés por aprender y dedicar tiempo al estudio, debemos dedicarles algo de tiempo; hacer de los ratos de tarea en casa momentos de disfrute conjunto y, por supuesto, complementar las explicaciones del profesor (que tiene muchos más alumnos que nosotros en casa) serán una ayuda estupenda para que no se sientan superados por la exigencia del aprendizaje. Nuestras palabras siempre serán más cercanas que las del profesor; también sabremos interpretar mejor sus gestos o movimientos para detectar su frustración si no entienden algo, y poder incidir con paciencia en aquello que “no les entra”.
-Crear un hábito es indispensable. Los momentos de estudio deben ser compartidos entre los miembros de la casa en la medida de lo posible y, en cualquier caso, debe hacer momentos de silencio y tranquilidad, en los que ellos puedan centrarse en sus cosas del cole (da igual si es realizar problemas de matemáticas o colorear dibujos de plástica). Repetir estos momentos a las mismas horas les ayudará a coger un ritmo de trabajo necesario para aprender.
-Escucharles. Nada de lo que dicen nuestros hijos son tonterías; incluso lo que no entendemos tiene sentido para ellos y está basado en cosas reales. Preguntarles por la clase, por la profesora, por sus amigos, por su tarea, les ayuda a exteriorizar sus pensamientos y sentimientos, incluso a materializarlos si no los han madurado.
-Ser un ejemplo para ellos. Tener nuestros ratos de lectura o estudio, nuestros momentos de tranquilidad es bueno para ellos, ya que no podemos exigirles lo que nosotros mismos no estamos dispuestos a hacer.
-Sorprenderles de vez en cuando: llevarles a un museo, ponerles un documental interesante en la tele, enseñarles algo que nunca hayan visto en clase. Hacerles ver que hay más cosas que las que estudian con sus profesores, estimular su atención con momentos divertidos y formativos a la vez, es uno de los mejores legados para su vida de alumnos. Se puede aprender en cualquier sitio, en cualquier momento, de cualquier persona; pero hay que tener la mente dispuesta, la curiosidad “desenvainada”, el corazón abierto.
-También hay que escuchar a los profesores. Nuestros hijos pasan una buena parte del día con ellos, y su comportamiento en clase podría llegar a sorprendernos; allí viven situaciones distintas que en casa, con personas distintas; pueden ser más tranquilos o más revoltosos que en casa, más sumisos o más desobedientes. La visión del profesor es importante, y el estímulo conjunto en clase y en casa será la mejor estrategia para que nuestros pequeños aprendan mucho y bien, y lo hagan con alegría.
-Felicitar a nuestros hijos por sus buenas notas es algo importante; pero no sobornarles con regalos, también. Debemos guardar un equilibrio entre nuestra demostración de alegría y hacerles ver que esperamos de ellos que aprendan y aprovechen su tiempo. Y, ante alguna mala nota, nada de broncas agrias; animarles con paciencia, consultar con los profesores, buscar estímulos, y no hacerles sentirse fracasados jamás.
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martes, 20 de marzo de 2012
¿Cuándo el miedo de los niños puede ser bueno?
Seguramente conocéis aquello de que “el miedo protege la viña”. El miedo no debe ser un impedimento para lanzarnos a hacer cosas, pero es una excelente arma para proteger nuestra vida y nuestra estabilidad. Haciendo caso a nuestro primer y más arraigado instinto, el de conservación de nosotros mismos y de nuestra especie, el miedo, en las dosis recomendadas, debe considerarse bueno.
El miedo es también parte del aprendizaje de nuestros hijos, les enseña a evitar peligros: no cruzar la calle, no acercarse a un perro desconocido o incluso, cuando son más mayores, a alejarse de las drogas y la delincuencia. Los bebés no tienen miedo, salvo a los sobresaltos, en principio no será consciente de los peligros de subirse el coche, de sumergirse en el agua o de encontrarse cerca de un abismo. Es cuando empieza a experimentar dolor y a imaginar, que empieza a fabricar miedos y a intentar evitarlos.
El problema de esta fábrica de miedos es que haya una producción más elevada de lo normal, a causa de que los propios padres u otra personas los generen, incrementen o inculquen, bien al ofrecerles un entorno sobreprotector o por atemorizarles o amenazarles con cosas que quedarán al servicio de su imaginación.
Aunque el miedo no es exclusivo de la infancia y nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida, el niño necesita sentirse protegido en todo momento y necesita confiar tanto en nosotros como en ellos mismos para afrontar los temores propios de esta edad.
El temor desproporcionado es altamente negativo para los niños, paraliza sus acciones y les priva de la experimentación de sus capacidades y la superación de dificultades. Debemos ayudarles a desterrar poco a poco de su mente pensamientos o imaginaciones de su mente inteligente, y a no atemorizarles irreflexivamente, si no argumentarle al niño el por qué de la necesidad de que sea prudente y evite peligros y riesgos.
Debemos potenciar en nuestros hijos actitudes valientes, pero con paciencia y sin ridiculizarles por sentir miedo, aunque nos parezcan temores infundamos y tontos. Mostrar valentía no consistiría en no tener miedo, sino en controlarlos y superarlos, especialmente cuando se trata de sentimientos que nos impiden avanzar, que nos hace sentir inseguros en todo momento y que corta nuestras alas antes de que puedan echar a volar. Los padres deberíamos enseñar a nuestros hijos la diferencia entre el miedo bueno que nos ayuda a no caer en errores o consecuencias irreversibles y los miedos malos que nos paralizan que limitan nuestras capacidades y nuestra voluntad.
Patro Gabaldón
El miedo es también parte del aprendizaje de nuestros hijos, les enseña a evitar peligros: no cruzar la calle, no acercarse a un perro desconocido o incluso, cuando son más mayores, a alejarse de las drogas y la delincuencia. Los bebés no tienen miedo, salvo a los sobresaltos, en principio no será consciente de los peligros de subirse el coche, de sumergirse en el agua o de encontrarse cerca de un abismo. Es cuando empieza a experimentar dolor y a imaginar, que empieza a fabricar miedos y a intentar evitarlos.
El problema de esta fábrica de miedos es que haya una producción más elevada de lo normal, a causa de que los propios padres u otra personas los generen, incrementen o inculquen, bien al ofrecerles un entorno sobreprotector o por atemorizarles o amenazarles con cosas que quedarán al servicio de su imaginación.
Aunque el miedo no es exclusivo de la infancia y nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida, el niño necesita sentirse protegido en todo momento y necesita confiar tanto en nosotros como en ellos mismos para afrontar los temores propios de esta edad.
El temor desproporcionado es altamente negativo para los niños, paraliza sus acciones y les priva de la experimentación de sus capacidades y la superación de dificultades. Debemos ayudarles a desterrar poco a poco de su mente pensamientos o imaginaciones de su mente inteligente, y a no atemorizarles irreflexivamente, si no argumentarle al niño el por qué de la necesidad de que sea prudente y evite peligros y riesgos.
Debemos potenciar en nuestros hijos actitudes valientes, pero con paciencia y sin ridiculizarles por sentir miedo, aunque nos parezcan temores infundamos y tontos. Mostrar valentía no consistiría en no tener miedo, sino en controlarlos y superarlos, especialmente cuando se trata de sentimientos que nos impiden avanzar, que nos hace sentir inseguros en todo momento y que corta nuestras alas antes de que puedan echar a volar. Los padres deberíamos enseñar a nuestros hijos la diferencia entre el miedo bueno que nos ayuda a no caer en errores o consecuencias irreversibles y los miedos malos que nos paralizan que limitan nuestras capacidades y nuestra voluntad.
Patro Gabaldón
miércoles, 15 de febrero de 2012
La comida de tus hijos: mejor en compañía
Culturalmente, todas las celebraciones incluyen un momento especial en el que compartimos mesa con familiares o amigos. El momento de la comida es mucho más de lo que puede parecer, y así hemos de trasmitirlo a nuestros hijos. La hora de la comida de tu hijo debería tener una importancia y contexto adecuados.
Estoy convencidísima de que comer en familia o en grupo es la manera idónea de hacerlo, así que cuanto antes incorporemos a nuestro pequeño a la mesa familiar, mejor que mejor. Conozco muchos niños pequeños que comen solos, bajo la atenta mirada y paciencia de sus madres, que en ocasiones se eternizan frente a la trona. Los niños deberían comer, al menos, con nosotras, ya que la compañía aumentará su apetito y, junto a otros comensales, será menos probable que afloren remilgos y exigencias ante un plato que les resulta poco apetecible.
Muchas madres se sorprenden cuando su hijo come alimentos en la guardería o en el colegio que de ninguna manera los aceptarían en casa. A mi sobrinita de 3 años nunca le gustó el puré de verduras… nunca hasta que por casualidad este plato era el que estaba preparado para cenar en casa de la tía junto a sus primos. Mi cuñada miró con escepticismo a la niña y al plato que tenía frente sí. Mi sobrina, sin poner objeción alguna, comió su ración al igual que lo hicieron el resto de los niños. ¿Cuál fue la causa? Está bastante claro, fue el nuevo y atrayente ingrediente que se añadió a este puré: la compañía deseada y divertida de sus primos y tíos. A partir de entonces cuando su mamá le hacía puré, ella le preguntaba: ¿es el de la tía, verdad? Pues bien, anécdotas como esta declaran que el momento de la comida debe ser esperado y agradable para nuestro hijo.
Comer en familia o en grupo tiene muchas ventajas para tener en cuenta:
- Favorece que el niño adopte, como suyos, buenos hábitos a la hora de alimentarse. La alimentación se desarrolla en un ambiente adecuado en el que los miembros de la familia o los de un grupo de escolares interaccionan, disfrutan y participan. Comer solo es muy aburrido y, en ocasiones, el niño lo hace como un autómata. La desgana se apodera de él y le impulsa a evadirse de una situación poco atractiva.
- Incita a los niños a atreverse a probar nuevos alimentos. Viendo a sus padres o hermanos mayores, los más pequeños no dudan en “robar” alguna cosilla del plato de los mayores. Los niños a partir de un año se atreven a acceder de manera voluntaria a alimentos no triturados y a masticar tal como lo hacen los demás.
- Marca un ritmo y un tiempo razonable para comer; sin prisas pero sin pausa.
- Nos ayuda a los padres a detectar y prevenir posibles desórdenes en la alimentación: anorexias, sobrealimentación, fobias o alergias.
- El momento de la comida nos puede servir para enseñarles a tener pequeñas responsabilidades en el hogar como poner la mesa o recogerla, barrer las migas del suelo, etc.
- Se consigue alimentar, no sólo el cuerpo, sino también la comunicación entre padres, hijos y hermanos. Es un excelente momento de encuentro familiar, de los que cada vez disponemos menos.
Podríamos añadir muchas más bondades sobre comer en compañía, pero lo mejor es que lo pongamos en práctica porque los buenos hábitos de alimentación también se aprenden y se trasmitan a través de nuestro ejemplo.
Estoy convencidísima de que comer en familia o en grupo es la manera idónea de hacerlo, así que cuanto antes incorporemos a nuestro pequeño a la mesa familiar, mejor que mejor. Conozco muchos niños pequeños que comen solos, bajo la atenta mirada y paciencia de sus madres, que en ocasiones se eternizan frente a la trona. Los niños deberían comer, al menos, con nosotras, ya que la compañía aumentará su apetito y, junto a otros comensales, será menos probable que afloren remilgos y exigencias ante un plato que les resulta poco apetecible.
Muchas madres se sorprenden cuando su hijo come alimentos en la guardería o en el colegio que de ninguna manera los aceptarían en casa. A mi sobrinita de 3 años nunca le gustó el puré de verduras… nunca hasta que por casualidad este plato era el que estaba preparado para cenar en casa de la tía junto a sus primos. Mi cuñada miró con escepticismo a la niña y al plato que tenía frente sí. Mi sobrina, sin poner objeción alguna, comió su ración al igual que lo hicieron el resto de los niños. ¿Cuál fue la causa? Está bastante claro, fue el nuevo y atrayente ingrediente que se añadió a este puré: la compañía deseada y divertida de sus primos y tíos. A partir de entonces cuando su mamá le hacía puré, ella le preguntaba: ¿es el de la tía, verdad? Pues bien, anécdotas como esta declaran que el momento de la comida debe ser esperado y agradable para nuestro hijo.
Comer en familia o en grupo tiene muchas ventajas para tener en cuenta:
- Favorece que el niño adopte, como suyos, buenos hábitos a la hora de alimentarse. La alimentación se desarrolla en un ambiente adecuado en el que los miembros de la familia o los de un grupo de escolares interaccionan, disfrutan y participan. Comer solo es muy aburrido y, en ocasiones, el niño lo hace como un autómata. La desgana se apodera de él y le impulsa a evadirse de una situación poco atractiva.
- Incita a los niños a atreverse a probar nuevos alimentos. Viendo a sus padres o hermanos mayores, los más pequeños no dudan en “robar” alguna cosilla del plato de los mayores. Los niños a partir de un año se atreven a acceder de manera voluntaria a alimentos no triturados y a masticar tal como lo hacen los demás.
- Marca un ritmo y un tiempo razonable para comer; sin prisas pero sin pausa.
- Nos ayuda a los padres a detectar y prevenir posibles desórdenes en la alimentación: anorexias, sobrealimentación, fobias o alergias.
- El momento de la comida nos puede servir para enseñarles a tener pequeñas responsabilidades en el hogar como poner la mesa o recogerla, barrer las migas del suelo, etc.
- Se consigue alimentar, no sólo el cuerpo, sino también la comunicación entre padres, hijos y hermanos. Es un excelente momento de encuentro familiar, de los que cada vez disponemos menos.
Podríamos añadir muchas más bondades sobre comer en compañía, pero lo mejor es que lo pongamos en práctica porque los buenos hábitos de alimentación también se aprenden y se trasmitan a través de nuestro ejemplo.
martes, 7 de febrero de 2012
¿Por qué balbucean los niños?
Una mañana tu pequeño ruiseñor te sorprenderá y llamará tu atención con sus primeros gorgoritos. ¡Dios mío, qué alegría para papá y mamá cuando nuestro bebé experimenta con sus cuerdas vocales preciosos sonidos y gorjeos con un rostro sereno y sonriente!
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Escrito por Patro Gabaldón para Guiainfantil.com
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jueves, 2 de febrero de 2012
El mejor maestro
Seguramente a muchos padres nos gustaría poder mirar por un agujerillo lo que se “cuece” en la clase de nuestro hijo. Poder así ser testigos presenciales del ejercicio profesional de los maestros y de cómo nuestro hijo se desenvuelve en el colegio. Pero, en cierta media, tenemos abierta esta pequeña ventana mirando a nuestros hijos, ellos reflejan fielmente la felicidad y satisfacción, o por el contrario, la indiferencia, ansiedad o preocupación que sienten por ir al cole.
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Artículo escrito por Patro Gabaldón para www. Guiainfantil.com
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lunes, 30 de enero de 2012
Aprender a aprender
En muchas ocasiones, los niños tienen muy buena disposición para el estudio y, sin embargo, en la práctica pasan largo rato para poder memorizar una lección o poder comprender un concepto. Emplean su tiempo sin recoger los frutos de su esfuerzo y, por tanto, acaban por desmotivarse o postergan el momento de ponerse a estudiar. Por desgracia muchas veces el fracaso o ineficacia en el estudio está provocado por una falta de estrategias para hacerlo y no a una baja inteligencia o problemas de atención.
En los primeros cursos de Primaria, nuestros hijos se encuentran con el desafío de empezar a estudiar. Ya no vale con asistir a clase y atender; hace falta memorizar, comprender, sintetizar, relacionar y explicar. El que aprendan a aprender ahora les facilitará la vida... el resto de su vida.
¿Qué podemos hacer como padres? Como siempre, complementar lo que nuestros hijos aprenden en el colegio; acercarnos a sus mentes y mostrarles realidades que aprenderán con entusiasmo porque les son tremendamente útiles y porque no les evaluamos sobre ellas.
Son tantos los niños que pasan horas y horas “estudiando”, sin obtener buenos resultados, en una espiral de esfuerzo – malos resultados – desmotivación, que les marca escolarmente y, a la larga, muchas veces profesionalmente. ¿Es tan difícil aprender a aprender?
Creo que aprender a aprender es como aprender a vender, aprender a planificarse o aprender a decidir. Son cosas absolutamente vitales, que se dan por supuestas, y a las que ni nosotros ni nuestros educadores hemos dedicado explícitamente el tiempo que merece.
Aprender a aprender no tiene recetas, o recetillas; tiene métodos, que tienen que adquirirse, asimilarse y utilizarse. Voy a citar algunas de las que para mí son claves para aprender:
- Distinguir conceptos: diferenciar objetos o palabras parecidas, buscar las diferencias.
- Realizar definiciones: podemos empezar diciendo lo que “no” son las cosas, para ir acotando las posibilidades o jugar a dar pistas para acertar algún objeto o animal.
- Asociar ideas: emplear reglas nemotécnicas que nos permitan recordar un nombre o cosa en relación a otra más cotidiana
- Centrarse: no perder el hilo conductor o la idea central que vamos a estudiar
- Esquematizar: realizar esquemas o árboles en las que unos conceptos dependan de otros
- Sintetizar: hacer resúmenes o responder a unas pocas preguntas centrales
- Meditar: reflexionar sobre lo aprendido
No hay ninguna asignatura en el colegio que trate estas actividades de nuestra mente y, sin embargo, necesitamos realizarlas durante toda la vida. Es importante que desde un principio pongamos a nuestros hijos sobre la pista de cómo hacerlo.
En los primeros cursos de Primaria, nuestros hijos se encuentran con el desafío de empezar a estudiar. Ya no vale con asistir a clase y atender; hace falta memorizar, comprender, sintetizar, relacionar y explicar. El que aprendan a aprender ahora les facilitará la vida... el resto de su vida.
¿Qué podemos hacer como padres? Como siempre, complementar lo que nuestros hijos aprenden en el colegio; acercarnos a sus mentes y mostrarles realidades que aprenderán con entusiasmo porque les son tremendamente útiles y porque no les evaluamos sobre ellas.
Son tantos los niños que pasan horas y horas “estudiando”, sin obtener buenos resultados, en una espiral de esfuerzo – malos resultados – desmotivación, que les marca escolarmente y, a la larga, muchas veces profesionalmente. ¿Es tan difícil aprender a aprender?
Creo que aprender a aprender es como aprender a vender, aprender a planificarse o aprender a decidir. Son cosas absolutamente vitales, que se dan por supuestas, y a las que ni nosotros ni nuestros educadores hemos dedicado explícitamente el tiempo que merece.
Aprender a aprender no tiene recetas, o recetillas; tiene métodos, que tienen que adquirirse, asimilarse y utilizarse. Voy a citar algunas de las que para mí son claves para aprender:
- Distinguir conceptos: diferenciar objetos o palabras parecidas, buscar las diferencias.
- Realizar definiciones: podemos empezar diciendo lo que “no” son las cosas, para ir acotando las posibilidades o jugar a dar pistas para acertar algún objeto o animal.
- Asociar ideas: emplear reglas nemotécnicas que nos permitan recordar un nombre o cosa en relación a otra más cotidiana
- Centrarse: no perder el hilo conductor o la idea central que vamos a estudiar
- Esquematizar: realizar esquemas o árboles en las que unos conceptos dependan de otros
- Sintetizar: hacer resúmenes o responder a unas pocas preguntas centrales
- Meditar: reflexionar sobre lo aprendido
No hay ninguna asignatura en el colegio que trate estas actividades de nuestra mente y, sin embargo, necesitamos realizarlas durante toda la vida. Es importante que desde un principio pongamos a nuestros hijos sobre la pista de cómo hacerlo.
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