Recuerdo que cuando era pequeña, la única preocupación que podíamos tener mis hermanos y yo cuando jugábamos en la calle era la de cruzarla sin mirar previamente o la de que no te quitaran el balón mientras íbamos al kiosco de las golosinas. Por entonces, la mayoría de los niños jugábamos en la calle sin problemas, de hecho conocíamos a la totalidad de la población infantil de barrio cuando acudíamos en masa a un pequeño parterre de no más de 40 metros cuadrados, con dos bancos y una fuente, eso sí.
Los juegos eran innumerables, aunque curiosamente muy pocos eran los que se atrevían a poner a la disposición del resto del chiquillerío sus preciados juguetes. Jugábamos a las canicas, a las chapas, al escondite inglés, a la rayuela, a la goma elástica, a la comba, a la pelota…Y si teníamos la posibilidad de disponer de un sitio más amplio nos organizábamos para jugar al rescate, a polis y ladrones o al balón prisionero. Algún balonazo en la cabeza o empujón teníamos asegurado, pero fuera de este riesgo, no parecía existir ningún otro.
Jugar en la calle actualmente parece un lujo en vías de extinción y digo un lujo porque yo recuerdo lo maravilloso que era hacer amigos y tener la posibilidad de jugar con muchos niños a la vez. Aunque, a veces, no peleábamos, nos protegíamos unos a otros, y si uno acaba herido, el más cercano no dudaba en avisar a su madre, mientras otros les asistían.
La calle ahora parece haberse convertido en un sitio indeseable e inseguro, ya no hay niños que se bajen con el bocadillo a merendar a la espera de encontrarse con algún compañero de juegos improvisado. Si acaso, permitimos ir a nuestro hijo al parque más cercano y bajo nuestra constante supervisión. La calle ahora parece que se ha convertido en un espacio extremadamente peligroso y conflictivo para nuestros hijos y desierto de niños, por lo que los padres actuales, recluimos a nuestros hijos en casa, cuando no disponemos de tiempo para acompañarles.
La profesora de la guardería de mi pequeño, me dijo que en durante el recreo al aire libre, se había dado cuenta de que algunos niños no sabían jugar con el cubo y la pala. No puedo evitar tristeza en pensar lo que nuestros hijos se están perdiendo y el perjuicio que la vida más sedentaria tiene en sus organismos y el individualismo de muchos de sus juegos.
Patro Gabaldón
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jueves, 19 de abril de 2012
martes, 14 de febrero de 2012
¿Los niños también se enamoran?
Hoy 14 de febrero he visto en el calendario de la pared que se celebran gran cantidad de santos, pero el que, sin duda, se nos viene más rápidamente a la mente es San Valentín, patrón de los enamorados. Seguramente, muchos de vosotros habéis escuchado alguna vez la declaración pública de amor de vuestro hijo o hija hacia un amiguito o amiguita de clase. Ya no hablan de amigos, sino de novios. ¿Acaso los niños también se enamoran?
El enamoramiento, sin duda, tiene un altísimo contenido de amistad, de admiración y de empatía hacia el otro, así que si nos limitamos a esto, bien podría darse en nuestros hijos. Pero también sabemos que la atracción física tiene un papel determinante en este estado que nos llena de emoción y alegría.
Los niños hablan de noviazgo, a veces, sin ser correspondidos, simplemente porque les atrae pasar su tiempo con algún amigo especial, o con aquel que es más admirado por la clase. Recuerdo vagamente que en el cole todas mis amigas y yo estábamos “enamoradas” de Óscar; me sonrío por la ingenua manera de entender noviazgo que tenía por entonces. Pues bien, éste compañero de clase era el que mejor dibujaba y tenía un trato muy cariñoso con todos sus compañeros, así que a todas nos hacía tilín y decíamos que era nuestro novio. Lo gracioso era que realmente nos importaba bien poco compartirlo o que éste no mostrara interés alguno por nosotras. Ser novia de Óscar era más bien un título, no requería ningún tipo de esfuerzo o compromiso de nuestra parte.
Respecto a esto de enamorarse, D. José Luis Pedreira, psiquiatra y psicoterapeuta, apunta que los niños no se enamoran antes de llegar a la pubertad, ya que todavía no están preparados biológicamente para segregar las sustancias químicas que regulan la atracción física y no están equipados para comprender debidamente la condición de elección mutua que se produce en el noviazgo.
Efectivamente, nuestros pequeños no necesitan ser correspondidos en su fantasía, es más ni siquiera sufren cuando los novios no se da por aludidos, prefieren a otros, o les son “infieles”. Así que parece más bien que son conductas imitadas. Eso de ser novio de alguien es algo que les hace sentirse mayores, aceptados y especiales. Muchas veces hablan de “ser novio” cuando sienten una preferencia especial por algún amigo de diferente sexo y establecen una relación parecida a la que ven en sus padres o en otras parejas de su entorno. Estas declaraciones suelen ser el inicio de su conciencia sexual.
Estas confesiones por parte de nuestros niños pueden servirnos para explicarles por qué dos jóvenes se besan en la calle, por qué los padres deciden unir sus vidas y formar una familia… en fin, para dar respuestas a sus sentimientos, a sus dudas y a sus relaciones con los demás.
El enamoramiento, sin duda, tiene un altísimo contenido de amistad, de admiración y de empatía hacia el otro, así que si nos limitamos a esto, bien podría darse en nuestros hijos. Pero también sabemos que la atracción física tiene un papel determinante en este estado que nos llena de emoción y alegría.
Los niños hablan de noviazgo, a veces, sin ser correspondidos, simplemente porque les atrae pasar su tiempo con algún amigo especial, o con aquel que es más admirado por la clase. Recuerdo vagamente que en el cole todas mis amigas y yo estábamos “enamoradas” de Óscar; me sonrío por la ingenua manera de entender noviazgo que tenía por entonces. Pues bien, éste compañero de clase era el que mejor dibujaba y tenía un trato muy cariñoso con todos sus compañeros, así que a todas nos hacía tilín y decíamos que era nuestro novio. Lo gracioso era que realmente nos importaba bien poco compartirlo o que éste no mostrara interés alguno por nosotras. Ser novia de Óscar era más bien un título, no requería ningún tipo de esfuerzo o compromiso de nuestra parte.
Respecto a esto de enamorarse, D. José Luis Pedreira, psiquiatra y psicoterapeuta, apunta que los niños no se enamoran antes de llegar a la pubertad, ya que todavía no están preparados biológicamente para segregar las sustancias químicas que regulan la atracción física y no están equipados para comprender debidamente la condición de elección mutua que se produce en el noviazgo.
Efectivamente, nuestros pequeños no necesitan ser correspondidos en su fantasía, es más ni siquiera sufren cuando los novios no se da por aludidos, prefieren a otros, o les son “infieles”. Así que parece más bien que son conductas imitadas. Eso de ser novio de alguien es algo que les hace sentirse mayores, aceptados y especiales. Muchas veces hablan de “ser novio” cuando sienten una preferencia especial por algún amigo de diferente sexo y establecen una relación parecida a la que ven en sus padres o en otras parejas de su entorno. Estas declaraciones suelen ser el inicio de su conciencia sexual.
Estas confesiones por parte de nuestros niños pueden servirnos para explicarles por qué dos jóvenes se besan en la calle, por qué los padres deciden unir sus vidas y formar una familia… en fin, para dar respuestas a sus sentimientos, a sus dudas y a sus relaciones con los demás.
miércoles, 25 de enero de 2012
Mis papás son los mejores
Los niños muchas veces rivalizan con sus amiguitos por demostrar quién es el que tiene un mejor papá, y es que para cada niño su papá o mamá son los mejores, no por las cosas que les consiente o regala, sino por las cosas que comparte con él y aprende a su lado. Parece una clara falta de juicio por parte de nuestros hijos, ¡distamos tantas veces de ser los mejores!
“Mi papá es el más fuerte, es muy bueno y siempre juega conmigo, es muy listo…”, “mi mamá es la mejor mamá del mundo, es muy guapa, me cuida, me abraza y me quiere mucho…” Lindezas como estas suelen salir de la sincera boca de nuestros hijos. Cuando las escuchamos o leemos de su puño y letra nos llena de satisfacción, se nos ilumina la cara, se nos saltan las lágrimas, se nos recargan las pilas; sabemos que pese a nuestros muchos errores o a nuestra inexperiencia lo estamos haciendo bien.
Los padres, aún sabiendo que tenemos nuestras limitaciones y que, a veces, actuamos, desacertadamente, sabemos sacar buenos frutos de nuestros hijos, porque cuando nuestro hijo nos ama suele aprender y apreciar las cosas buenas que les damos y suele perdonarnos o ser indulgente con nuestros múltiples errores.
Sin duda, para estar a la altura de ese podio donde nuestros hijos nos han colocado la hermosa medalla del honor de ser nuestros hijos, debemos de ir luchando por eliminar fallitos y aprender de los errores; para ello tenemos sólo que reflexionar sobre ellos y superarnos. Como arma infalible para combatirlos tenemos nuestro mejor atributo paternal: el amor incondicional a nuestros hijos.
Nuestro mérito está en amar a nuestro hijo por lo que es, no por lo que nos gustaría que fuera, en el esfuerzo por mejorar nuestra importante misión, en reconocernos imperfectos pero estar en el camino de la perfección, y en considerarnos no tanto maestros de nuestros hijos como también alumnos de todo aquello que nuestros pequeños nos aportan y enseñan.
No todos los padres tenemos la misma formación, ni el mismo carácter, ni la misma paciencia, pero todos podemos lograr con nuestro esfuerzo y cariño que nuestro hijo nos ame, nos respete y nos admire. “Sí, papá, tú eres el mejor” tu hijo te ama, te admira, quiere que estés a su lado y quiere ser como tú, ¡por algo será!
“Mi papá es el más fuerte, es muy bueno y siempre juega conmigo, es muy listo…”, “mi mamá es la mejor mamá del mundo, es muy guapa, me cuida, me abraza y me quiere mucho…” Lindezas como estas suelen salir de la sincera boca de nuestros hijos. Cuando las escuchamos o leemos de su puño y letra nos llena de satisfacción, se nos ilumina la cara, se nos saltan las lágrimas, se nos recargan las pilas; sabemos que pese a nuestros muchos errores o a nuestra inexperiencia lo estamos haciendo bien.
Los padres, aún sabiendo que tenemos nuestras limitaciones y que, a veces, actuamos, desacertadamente, sabemos sacar buenos frutos de nuestros hijos, porque cuando nuestro hijo nos ama suele aprender y apreciar las cosas buenas que les damos y suele perdonarnos o ser indulgente con nuestros múltiples errores.
Sin duda, para estar a la altura de ese podio donde nuestros hijos nos han colocado la hermosa medalla del honor de ser nuestros hijos, debemos de ir luchando por eliminar fallitos y aprender de los errores; para ello tenemos sólo que reflexionar sobre ellos y superarnos. Como arma infalible para combatirlos tenemos nuestro mejor atributo paternal: el amor incondicional a nuestros hijos.
Nuestro mérito está en amar a nuestro hijo por lo que es, no por lo que nos gustaría que fuera, en el esfuerzo por mejorar nuestra importante misión, en reconocernos imperfectos pero estar en el camino de la perfección, y en considerarnos no tanto maestros de nuestros hijos como también alumnos de todo aquello que nuestros pequeños nos aportan y enseñan.
No todos los padres tenemos la misma formación, ni el mismo carácter, ni la misma paciencia, pero todos podemos lograr con nuestro esfuerzo y cariño que nuestro hijo nos ame, nos respete y nos admire. “Sí, papá, tú eres el mejor” tu hijo te ama, te admira, quiere que estés a su lado y quiere ser como tú, ¡por algo será!
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