Las aficiones de los padres se trasmiten a los hijos con mucha facilidad, en casa tengo un claro ejemplo ya que a mi marido le encantan las películas de artes marciales: saltos, patadas, posiciones increíbles, filosofía oriental… y mis hijos, especialmente mi hija de ocho años, tiene su misma inclinación; tanto es así que su canción favorita es aquella en la que su heroína preferida Mulan, se entrena para el combate y enfrentarse con los temidos Hunos que amenazan el imperio chino.
Muchas veces la sorprendo saltando de la cama al suelo con una pierna estirada hacia arriba, poniendo caras de concentración o rodando por el suelo imaginando luchas ficticias. Disfruta enormemente cuando en las películas gana el chino bueno porque, aunque bueno y malo luchan de maravilla, el bueno tiene una motivación y una preparación espiritual que le permite vencer. Mi hija se emociona cuando el personaje principal muestra ese dominio, no sólo de su cuerpo sino de su mente. La fuerza interior y disciplina que hace que el cuerpo pueda convertirse en arma poderosa.
Las artes marciales, pese a ese componente de lucha tan importante (marcial es una palabra referente a la guerra y combate) no se trata de un deporte en el que se potencie la violencia ya que tiene un trasfondo ético y filosófico que puede ser muy útil para la convivencia de los niños.
La práctica de artes marciales, además de suponer un deporte completo para que los niños desarrollen su coordinación, flexibilidad, potencia, habilidad y estrategia, puede ayudarles a relacionar y combinar armoniosamente las capacidades físicas con las mentales, ya que los deportes como el judo, el kárate, el kunfú, el taek-wondo, etc. van íntimamente relacionadas con la autodefensa y la armonía cuerpo y mente.
Para los niños moviditos puede ser unos de los deportes más indicados, ya que canalizarán sus energías de manera positiva y controlada. Los seis años son una buena edad de iniciación. Generalmente, en las prácticas de inicio en estos deportes no se realizan todavía competiciones, sino, “catas” o técnicas de control del propio cuerpo fundamentalmente. La práctica del judo u otras artes marciales ofrecen a los niños la posibilidad de realizar distintos movimientos y técnicas para conocer y dominar su cuerpo, para mantener una comunicación motora con el compañero o contrincante, para esquivar al contrincante y para saber caer al suelo, evitando lesiones. Además, suponen una buena fuente de trasmisión de valores, de motivación y de toma de decisiones.
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Mamá, te quiero
jueves, 10 de mayo de 2012
martes, 8 de mayo de 2012
Ser madre: el mejor trabajo del mundo
¡Felicidades mamás!
El domingo pasado celebramos el día de la madre, pero todos sabemos que las madres están todos los días, y día tras día a pie del cañón, a veces entusiasmadas y otras agotadas, pero siempre junto a nuestros hijos. Ser madre es un trabajo sin sueldo, incluso, en ocasiones, ingrato; puede llegar a ser extenuante, pero también único y edificante. Ser madre es un trabajo que nos santifica, que nos perfecciona como personas y exige lo mejor de nosotras… es el mejor trabajo del mundo.
Comparto con vosotras un precioso y emotivo vídeo promocional, realizado por la organización de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Madres de hoy, de mañana y de siempre, ¡merecéis una medalla olímpica!
VER VÍDEO
El domingo pasado celebramos el día de la madre, pero todos sabemos que las madres están todos los días, y día tras día a pie del cañón, a veces entusiasmadas y otras agotadas, pero siempre junto a nuestros hijos. Ser madre es un trabajo sin sueldo, incluso, en ocasiones, ingrato; puede llegar a ser extenuante, pero también único y edificante. Ser madre es un trabajo que nos santifica, que nos perfecciona como personas y exige lo mejor de nosotras… es el mejor trabajo del mundo.
Comparto con vosotras un precioso y emotivo vídeo promocional, realizado por la organización de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Madres de hoy, de mañana y de siempre, ¡merecéis una medalla olímpica!
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viernes, 4 de mayo de 2012
Equilibrio entre reñir y felicitar a los niños
En la educación de nuestros hijos, ni todo debe ser cal ni todo arena. Para conseguir una pasta homogénea y adecuada para la construcción de sus conductas tenemos que saber echar una de cal y otra de arena. Buscar el equilibrio entre reñir y felicitar a los niños es la forma más indicada de conseguir moldear a nuestros hijos y de estimularles para seguir mejorando.
Tanto corregir como felicitar a los hijos requieren de cierta habilidad por nuestra parte. Llevados por nuestro cansancio, nuestro mal humor, o nuestras constantes batallas, lo más fácil y automático es que en la corrección, descalifiquemos a nuestro hijo, le pongamos etiquetas o le digamos verdaderos disparates… Siempre deberíamos intentar corregir con calma y sin iras, aunque sé por experiencia que aunque la teoría suena bien, la práctica es algo más difícil. Pensar en lo que diremos, mordernos la lengua antes de decir cualquier barbaridad puede ser muy difícil para nosotros los papás, pero si lo logramos, nuestros hijos podrán beneficiarse de aprender, al igual que nosotros, a refrenar sus impulsos y a controlar su mal genio.
La corrección de nuestros hijos es necesaria, no debemos ser condescendientes con un mal comportamiento y, asimismo, tampoco debemos adularles exageradamente o ser excesivamente permisivos. Debemos felicitarles objetivamente, haciéndoles sentir la alegría que nos proporcionan sus buenos actos y esfuerzos. No debemos felicitar a la ligera, sin dar la oportunidad de que el niño medite sobre aquello que ha hecho bien para que forme parte del repertorio habitual de su comportamiento.
Tampoco deberíamos dejarnos cegar por la pasión que nos despiertan nuestros pequeños a la hora educarles. Este privilegio parece estar reservado para las abuelas, que tienden a disculpar absolutamente todos los errores de sus nietos, sin objetividad y sin necesidad de atender a aspectos educativos (para eso están sus padres). Seguramente habéis escuchado el dicho de: “Es que Fulanito no tiene abuela” que se dice de alguien que se enaltece y se elogia a sí mismo, porque este es un papel que parece reservado exclusivamente para las abuelas, a las cuales se les cae la baba con sus pequeños nietos.
Pero con todo, si pusiéramos en una balanza las riñas y en otra las felicitaciones y reconocimientos, siempre el platillo debería ceder a favor de estos últimos, ya que con el reconocimiento de sus esfuerzos y actos, podemos conseguir muchas más cosas que con repetidas, hartantes y exasperantes reprimendas. Estimular las buenas actuaciones de nuestro hijo a través de palabras amables, elogios, agradecimientos, felicitaciones y caras alegres, aumentan en casi todo los niños la motivación, la autoestima y las ganas de volver a conseguir la alegría de ver a sus padres orgullosos de él y de disfrutar del éxito conseguido con su esfuerzo.
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Tanto corregir como felicitar a los hijos requieren de cierta habilidad por nuestra parte. Llevados por nuestro cansancio, nuestro mal humor, o nuestras constantes batallas, lo más fácil y automático es que en la corrección, descalifiquemos a nuestro hijo, le pongamos etiquetas o le digamos verdaderos disparates… Siempre deberíamos intentar corregir con calma y sin iras, aunque sé por experiencia que aunque la teoría suena bien, la práctica es algo más difícil. Pensar en lo que diremos, mordernos la lengua antes de decir cualquier barbaridad puede ser muy difícil para nosotros los papás, pero si lo logramos, nuestros hijos podrán beneficiarse de aprender, al igual que nosotros, a refrenar sus impulsos y a controlar su mal genio.
La corrección de nuestros hijos es necesaria, no debemos ser condescendientes con un mal comportamiento y, asimismo, tampoco debemos adularles exageradamente o ser excesivamente permisivos. Debemos felicitarles objetivamente, haciéndoles sentir la alegría que nos proporcionan sus buenos actos y esfuerzos. No debemos felicitar a la ligera, sin dar la oportunidad de que el niño medite sobre aquello que ha hecho bien para que forme parte del repertorio habitual de su comportamiento.
Tampoco deberíamos dejarnos cegar por la pasión que nos despiertan nuestros pequeños a la hora educarles. Este privilegio parece estar reservado para las abuelas, que tienden a disculpar absolutamente todos los errores de sus nietos, sin objetividad y sin necesidad de atender a aspectos educativos (para eso están sus padres). Seguramente habéis escuchado el dicho de: “Es que Fulanito no tiene abuela” que se dice de alguien que se enaltece y se elogia a sí mismo, porque este es un papel que parece reservado exclusivamente para las abuelas, a las cuales se les cae la baba con sus pequeños nietos.
Pero con todo, si pusiéramos en una balanza las riñas y en otra las felicitaciones y reconocimientos, siempre el platillo debería ceder a favor de estos últimos, ya que con el reconocimiento de sus esfuerzos y actos, podemos conseguir muchas más cosas que con repetidas, hartantes y exasperantes reprimendas. Estimular las buenas actuaciones de nuestro hijo a través de palabras amables, elogios, agradecimientos, felicitaciones y caras alegres, aumentan en casi todo los niños la motivación, la autoestima y las ganas de volver a conseguir la alegría de ver a sus padres orgullosos de él y de disfrutar del éxito conseguido con su esfuerzo.
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jueves, 26 de abril de 2012
El desarrollo del bebé en el útero
El desarrollo de nuestro bebé siempre es motivo de interés para los padres. En los primeros meses de vida, los bebés parecen evolucionar a una velocidad e intensidad vertiginosas; sus avances físicos y psicológicos son asombrosos.
Ahora bien, el desarrollo de nuestro bebé en el útero es, si cabe, lo más impresionante nunca visto. Ahora la ciencia nos muestra una maravillosa ventana al increíble y espectacular periodo de gestación de un nuevo ser humano. Mamás, sois únicas, mirad lo que se cuece en vuestro interior y disfrutadlo….
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Ahora bien, el desarrollo de nuestro bebé en el útero es, si cabe, lo más impresionante nunca visto. Ahora la ciencia nos muestra una maravillosa ventana al increíble y espectacular periodo de gestación de un nuevo ser humano. Mamás, sois únicas, mirad lo que se cuece en vuestro interior y disfrutadlo….
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lunes, 23 de abril de 2012
La piel del bebé: sus lunares
Seguramente habéis escuchado alguna vez la expresión: “tiene la piel tan bonita como la de un bebé”. Efectivamente, la piel de bebé tiene una belleza y una lozanía incomparables, pero a la vez es delicada y necesita de cuidados ante las posibles agresiones del tiempo. Es necesario, por tanto, estar atentos a cualquier anomalía o problema cutáneo: marcas, eczemas, descamaciones, decoloraciones o lunares sospechosos.
Los lunares sobre la piel del bebé son, en la mayoría de los casos, un rasgo distintivo que sin duda, cuando están estratégicamente colocados, son bonitos (seguro que recordáis algún lunar de un personaje famoso que le dan ese toque especial de belleza o diferenciación). No obstante, el cuidado y protección de la piel del bebé ante las inclemencias climáticas y, sobre todo ante los peligros del sol, son fundamental para mantener tan precioso como saludable este órgano de tanta importancia. Debemos proteger a nuestros hijos, especialmente en nuestros paseos y desplazamientos de los rayos del sol, y ponerles en toda época del año protección solar, y no olvidar un pequeño sombrero o sombrilla con el que proteger su cabeza.
Durante la infancia van a pareciendo los primeros lunares en la piel de nuestro hijo. Su predisposición genética, el color de su piel y pelo (es decir, la cantidad de melanina que tengan), el cuidado y protección de su piel ante los rayos solares, son consideraciones importantes para evitar melanomas o cáncer de piel en el futuro. Mi cuñado tiene muchísimos lunares en la espalda, su piel es muy blanca, y la causa de ellos, es una quemadura provocada por el sol en la pubertad, su piel respondió a tal agresión primero con ampollas y luego con la pigmentación de su espalda en forma de pecas o lunares. Durante la infancia estas lesiones tienen un papel muy relevante en el desarrollo posterior del melanoma cutáneo.
No es frecuente que los niños nazcan con lunares, normalmente estas pequeñas pigmentaciones de la piel del bebé no aparecerán antes del primer año de vida e irán incrementándose a lo largo de la infancia y la adolescencia, hasta tener entre 10 y 40. Normalmente, los lunares no representan ningún riesgo cuando forman parte de la distribución normal de melanina en el cuerpo, tienen una forma regular. Algunos parecen que tienen pequeños granitos de color café y otros son marcas planas y marrones.
Hay que evitar la aparición de lunares producidos por los excesos de sol, después de alguna quemadura solar, ya que son considerados premalignos y debemos explorar la delicada piel de nuestro hijo por si algún lunar presenta un aspecto o comportamiento sospechosos: asimetría, irregularidad en los bordes, cambios de color o mayor extensión.
También los lunares congénitos (el niño nace con ellos) y aquellos que sean atípicos, hay que observarlos con más detenimiento ya que éstos pueden convertirse en cancerosos más fácilmente que los típicos lunares adquiridos con la edad. Podemos explorar a nuestro pequeño a la hora del baño o cuando le vistamos. Para ello nos será útil disponer de una buena iluminación, examinarlos y palparlos con la yema de los dedos y observar no sólo los del cuerpo, sino también los que están ocultos bajo el cabello, en el cuero cabelludo. Consultemos al pediatra cualquier duda que tengamos.
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Los lunares sobre la piel del bebé son, en la mayoría de los casos, un rasgo distintivo que sin duda, cuando están estratégicamente colocados, son bonitos (seguro que recordáis algún lunar de un personaje famoso que le dan ese toque especial de belleza o diferenciación). No obstante, el cuidado y protección de la piel del bebé ante las inclemencias climáticas y, sobre todo ante los peligros del sol, son fundamental para mantener tan precioso como saludable este órgano de tanta importancia. Debemos proteger a nuestros hijos, especialmente en nuestros paseos y desplazamientos de los rayos del sol, y ponerles en toda época del año protección solar, y no olvidar un pequeño sombrero o sombrilla con el que proteger su cabeza.
Durante la infancia van a pareciendo los primeros lunares en la piel de nuestro hijo. Su predisposición genética, el color de su piel y pelo (es decir, la cantidad de melanina que tengan), el cuidado y protección de su piel ante los rayos solares, son consideraciones importantes para evitar melanomas o cáncer de piel en el futuro. Mi cuñado tiene muchísimos lunares en la espalda, su piel es muy blanca, y la causa de ellos, es una quemadura provocada por el sol en la pubertad, su piel respondió a tal agresión primero con ampollas y luego con la pigmentación de su espalda en forma de pecas o lunares. Durante la infancia estas lesiones tienen un papel muy relevante en el desarrollo posterior del melanoma cutáneo.
No es frecuente que los niños nazcan con lunares, normalmente estas pequeñas pigmentaciones de la piel del bebé no aparecerán antes del primer año de vida e irán incrementándose a lo largo de la infancia y la adolescencia, hasta tener entre 10 y 40. Normalmente, los lunares no representan ningún riesgo cuando forman parte de la distribución normal de melanina en el cuerpo, tienen una forma regular. Algunos parecen que tienen pequeños granitos de color café y otros son marcas planas y marrones.
Hay que evitar la aparición de lunares producidos por los excesos de sol, después de alguna quemadura solar, ya que son considerados premalignos y debemos explorar la delicada piel de nuestro hijo por si algún lunar presenta un aspecto o comportamiento sospechosos: asimetría, irregularidad en los bordes, cambios de color o mayor extensión.
También los lunares congénitos (el niño nace con ellos) y aquellos que sean atípicos, hay que observarlos con más detenimiento ya que éstos pueden convertirse en cancerosos más fácilmente que los típicos lunares adquiridos con la edad. Podemos explorar a nuestro pequeño a la hora del baño o cuando le vistamos. Para ello nos será útil disponer de una buena iluminación, examinarlos y palparlos con la yema de los dedos y observar no sólo los del cuerpo, sino también los que están ocultos bajo el cabello, en el cuero cabelludo. Consultemos al pediatra cualquier duda que tengamos.
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jueves, 19 de abril de 2012
¿Dónde juegan nuestros hijos?
Recuerdo que cuando era pequeña, la única preocupación que podíamos tener mis hermanos y yo cuando jugábamos en la calle era la de cruzarla sin mirar previamente o la de que no te quitaran el balón mientras íbamos al kiosco de las golosinas. Por entonces, la mayoría de los niños jugábamos en la calle sin problemas, de hecho conocíamos a la totalidad de la población infantil de barrio cuando acudíamos en masa a un pequeño parterre de no más de 40 metros cuadrados, con dos bancos y una fuente, eso sí.
Los juegos eran innumerables, aunque curiosamente muy pocos eran los que se atrevían a poner a la disposición del resto del chiquillerío sus preciados juguetes. Jugábamos a las canicas, a las chapas, al escondite inglés, a la rayuela, a la goma elástica, a la comba, a la pelota…Y si teníamos la posibilidad de disponer de un sitio más amplio nos organizábamos para jugar al rescate, a polis y ladrones o al balón prisionero. Algún balonazo en la cabeza o empujón teníamos asegurado, pero fuera de este riesgo, no parecía existir ningún otro.
Jugar en la calle actualmente parece un lujo en vías de extinción y digo un lujo porque yo recuerdo lo maravilloso que era hacer amigos y tener la posibilidad de jugar con muchos niños a la vez. Aunque, a veces, no peleábamos, nos protegíamos unos a otros, y si uno acaba herido, el más cercano no dudaba en avisar a su madre, mientras otros les asistían.
La calle ahora parece haberse convertido en un sitio indeseable e inseguro, ya no hay niños que se bajen con el bocadillo a merendar a la espera de encontrarse con algún compañero de juegos improvisado. Si acaso, permitimos ir a nuestro hijo al parque más cercano y bajo nuestra constante supervisión. La calle ahora parece que se ha convertido en un espacio extremadamente peligroso y conflictivo para nuestros hijos y desierto de niños, por lo que los padres actuales, recluimos a nuestros hijos en casa, cuando no disponemos de tiempo para acompañarles.
La profesora de la guardería de mi pequeño, me dijo que en durante el recreo al aire libre, se había dado cuenta de que algunos niños no sabían jugar con el cubo y la pala. No puedo evitar tristeza en pensar lo que nuestros hijos se están perdiendo y el perjuicio que la vida más sedentaria tiene en sus organismos y el individualismo de muchos de sus juegos.
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Los juegos eran innumerables, aunque curiosamente muy pocos eran los que se atrevían a poner a la disposición del resto del chiquillerío sus preciados juguetes. Jugábamos a las canicas, a las chapas, al escondite inglés, a la rayuela, a la goma elástica, a la comba, a la pelota…Y si teníamos la posibilidad de disponer de un sitio más amplio nos organizábamos para jugar al rescate, a polis y ladrones o al balón prisionero. Algún balonazo en la cabeza o empujón teníamos asegurado, pero fuera de este riesgo, no parecía existir ningún otro.
Jugar en la calle actualmente parece un lujo en vías de extinción y digo un lujo porque yo recuerdo lo maravilloso que era hacer amigos y tener la posibilidad de jugar con muchos niños a la vez. Aunque, a veces, no peleábamos, nos protegíamos unos a otros, y si uno acaba herido, el más cercano no dudaba en avisar a su madre, mientras otros les asistían.
La calle ahora parece haberse convertido en un sitio indeseable e inseguro, ya no hay niños que se bajen con el bocadillo a merendar a la espera de encontrarse con algún compañero de juegos improvisado. Si acaso, permitimos ir a nuestro hijo al parque más cercano y bajo nuestra constante supervisión. La calle ahora parece que se ha convertido en un espacio extremadamente peligroso y conflictivo para nuestros hijos y desierto de niños, por lo que los padres actuales, recluimos a nuestros hijos en casa, cuando no disponemos de tiempo para acompañarles.
La profesora de la guardería de mi pequeño, me dijo que en durante el recreo al aire libre, se había dado cuenta de que algunos niños no sabían jugar con el cubo y la pala. No puedo evitar tristeza en pensar lo que nuestros hijos se están perdiendo y el perjuicio que la vida más sedentaria tiene en sus organismos y el individualismo de muchos de sus juegos.
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lunes, 16 de abril de 2012
Niño, hay que ser bueno
¿Cuántas veces hemos dicho esto a nuestro hijo? No hagas esto, no hagas lo otro, tienes que portarte bien y ser bueno. La bondad desde luego es una de las mejores cualidades que una persona puede tener, pero ¿qué significa para un niño ser bueno? La bondad es un concepto abstracto y, por tanto, difícil de definir y explicar a nuestros hijos; por eso debemos potenciar su bondad, concretando acciones o ejemplos que debe ejercitar para conseguir ser bondadoso.
A veces, los actos son buenos o malos dependiendo de las circunstancias. Ayer noche, mi hija estaba leyendo en su habitación muy afanada, la llamé unas tres veces a cenar, sin obtener respuesta de ella. Cuando, por fin, vino a cenar, la regañé por no venir y ella me respondió: “Mamá, no estaba haciendo nada malo, todo lo contrario estaba leyendo, que es muy bueno”. Desde luego que leer es bueno, pero a veces algo bueno se puede convertir en no tan bueno o malo cuando impide hacer lo que debes hacer, ya que si sólo leyeras y no comieras nunca, acabarías muriéndote o, como D. Quijote, perdiendo el juicio.
No debemos pedir a los niños la bondad en general: “niño, sé bueno”, sino los conductas y comportamientos bondadosos. Muchos valores, no sabríamos explicárselos a los hijos ni con mil palabras, por eso nuestro ejemplo les ayudará a aprender y hacer suyos los valores que les intentamos inculcar. A construir la paz, a perdonar, a comprender, a respetar, a querer, a consolar, a ser amables, se aprende fundamentalmente en casa, así lo aprenderán de una manera espontánea. Tras una “buena acción”, acciones tan sencillas como llevar a baño su hermano pequeño para que haga pis, a consolar al amigo que se ha hecho daño en una caída, siempre debe ir seguida de una felicitación o palabra amable.
¡Cuántas veces he pedido a mi pequeño de cuatro años que me alcanzara algún objeto y su respuesta ha sido: “es que ahora no puedo”! Todos tenemos ese pequeño ángel y ese pequeño demonio que nos dictan cómo actuar, por eso es importante felicitar a los niños cuando no siempre elijen el camino más cómodo mediante una negativa, y ayudan al prójimo. Hay que incitarles a hacer buenas acciones. Ponerse en el lugar del otro y poner en práctica la frase “no quieras para otro, lo que no quieras para ti “. Incitémosles a dar un beso al abuelito que está enfermo, a ayudarnos con algo, a cuidar y proteger a los hermanos, a regalar juguetes a niños pobres, a prestar pertenencias y ser generosos con los demás, a consolar al que llora, a acompañar al que está solo...
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A veces, los actos son buenos o malos dependiendo de las circunstancias. Ayer noche, mi hija estaba leyendo en su habitación muy afanada, la llamé unas tres veces a cenar, sin obtener respuesta de ella. Cuando, por fin, vino a cenar, la regañé por no venir y ella me respondió: “Mamá, no estaba haciendo nada malo, todo lo contrario estaba leyendo, que es muy bueno”. Desde luego que leer es bueno, pero a veces algo bueno se puede convertir en no tan bueno o malo cuando impide hacer lo que debes hacer, ya que si sólo leyeras y no comieras nunca, acabarías muriéndote o, como D. Quijote, perdiendo el juicio.
No debemos pedir a los niños la bondad en general: “niño, sé bueno”, sino los conductas y comportamientos bondadosos. Muchos valores, no sabríamos explicárselos a los hijos ni con mil palabras, por eso nuestro ejemplo les ayudará a aprender y hacer suyos los valores que les intentamos inculcar. A construir la paz, a perdonar, a comprender, a respetar, a querer, a consolar, a ser amables, se aprende fundamentalmente en casa, así lo aprenderán de una manera espontánea. Tras una “buena acción”, acciones tan sencillas como llevar a baño su hermano pequeño para que haga pis, a consolar al amigo que se ha hecho daño en una caída, siempre debe ir seguida de una felicitación o palabra amable.
¡Cuántas veces he pedido a mi pequeño de cuatro años que me alcanzara algún objeto y su respuesta ha sido: “es que ahora no puedo”! Todos tenemos ese pequeño ángel y ese pequeño demonio que nos dictan cómo actuar, por eso es importante felicitar a los niños cuando no siempre elijen el camino más cómodo mediante una negativa, y ayudan al prójimo. Hay que incitarles a hacer buenas acciones. Ponerse en el lugar del otro y poner en práctica la frase “no quieras para otro, lo que no quieras para ti “. Incitémosles a dar un beso al abuelito que está enfermo, a ayudarnos con algo, a cuidar y proteger a los hermanos, a regalar juguetes a niños pobres, a prestar pertenencias y ser generosos con los demás, a consolar al que llora, a acompañar al que está solo...
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